Conciertos de Año Nuevo en Viena

La tradición del más carismático y popular concierto de Año Nuevo, el de la llamada Orquesta Filarmónica de Viena (Das Neujahrskonzert der Wiener Philharmoniker; literalmente el nombre de la orquesta es Filarmónicos Vieneses), se remonta a 1939, aunque se trató más bien de un concierto de Fin de Año, pues se realizó el 31 de diciembre de ese año. Promovido por el nazismo y el siniestro ministro de propaganda del régimen, el Dr. Joseph Goebbels, fue dirigido por el eminente Clemens Krauss, quien volvería a subir al podio para la segunda ocasión en que se celebró el concierto, ahora sí el 1 de enero, en 1941. Poco a poco el concierto de Año Nuevo en la capital austriaca se fue consolidando como la referencia musical para la interpretación de la música vienesa del círculo de la familia Strauss, en la que destaca por encima de todos Johann Strauss II o hijo (1825-1899), compositor de innumerables y conocidísimos valses vieneses y polcas, del vals En el bello Danubio azul (1866) a la Tritsch-Tratsch-Polka (1858) o la Pizzicato-Polka (1869) –en colaboración con su hermano Josef–, pasando por los valses Vida de artista (1867), Cuentos de los bosques de Viena (1868), Sangre vienesa(1873), Rosas del Sur (1880), el Vals del Emperador (1888) o la obertura de El murciélago (1874), por citar sus obras más populares.

Con el advenimiento de la televisión, la retransmisión en directo del concierto se fue expandiendo paulatinamente hasta convertirse en uno de los programas más seguidos a nivel internacional. Por su parte, la industria discográfica del ámbito clásico convirtió la grabación del evento y su posterior venta en uno de los principales reclamos para conectar con públicos no especializados, quizá también confiando en que el no entendido en música clásica encontrara el regalo perfecto para el tío melómano, evitando así el riesgo de hacer el ridículo el día de Reyes con un disco repetido, por ejemplo. Dentro del paupérrimo y desolador panorama de la actual fonografía, el CD del concierto de Año Nuevo es uno de los pocos activos seguros de las heroicas y esforzadas compañías discográficas, que milagrosamente no han desaparecido devoradas por el streaming y el desinterés general por escuchar en óptimas condiciones música grabada.

Entre las decenas de grabaciones del concierto vienés de Año Nuevo, me gustaría detenerme en un puñado de discos que considero de primer orden y que, espero, deleitarán al interesado o a la interesada que no los conozca.

El primero de ellos es el que corresponde al concierto del 1 de enero de 1987, dirigido por Herbert von Karajan, la única ocasión en que el mítico salzburgués estuvo al frente de este evento. Aunque desde el punto de vista del programa se trata de una selección totalmente clásica de valses y polcas, destaca la perfección sonora y el brío que imprime un Karajan que entraba entonces en las postrimerías de su carrera (morirá en julio de 1989) aquejado de problemas de espalda cada vez más mortificantes. En este concierto todo es brillo, dulzura e incluso nostalgia. Destaca especialmente el vals Voces de primavera en su versión cantada, con la voz inmaculada de Kathleen Battle en una versión insuperada de una belleza estratosférica.

Otros dos conciertos memorables son los de 1989 y 1992, bajo la dirección de Carlos Kleiber, uno de los gigantes de la batuta. La verdad es que sólo se me ocurre una palabra para describir estas dos grabaciones: perfección. Y el maestro berlinés criado en Buenos Aires la logra en todos los aspectos. Un par de discos para la historia. Si tuviera que quedarme con una de las piezas de estos conciertos, elegiría la polca Unter Donner und Blitz de Johann Strauss hijo, del concierto del 92, una interpretación brillante como nunca se ha oído y que un servidor no ha vuelto a oír así, si no es por el mismo Kleiber en una grabación en vivo de 1986 en Tokyo con la Orquesta Estatal de Baviera.

Por último, otro director encargado de dos conciertos vieneses de Año Nuevo fue Nikolaus Harnoncourt, en 2001 y en 2003. Quizá fue este un nombre que pudo sorprender a algunos, que no se esperarían encontrar al frente de este concierto a un especialista en la llamada música antigua (es decir, del Renacimiento y el Barroco sobre todo, incluyendo también el primer clasicismo), reputación que con justicia Harnoncourt se venía labrando desde los años 60. Pero es cierto que el director berlinés no se había limitado a la música antigua, lo cual ya era más que evidente a finales de los 90, cuando atesoraba grabaciones que incluían los renovadores ciclos de las 9 sinfonías de Beethoven y de las 4 de Brahms, así como incursiones en Schumann, Bruckner o Verdi (más tarde, en 2009, se atrevería incluso con Gershwin). Es más, en los años 80 había grabado con éxito las populares operetas de Strauss hijo El murciélago y El barón gitano, así como un par de discos precisamente con valses y polcas de los Strauss. Su presencia en los conciertos de Año Nuevo supuso una confirmación de su imagen: renovador e indagador en las fuentes y los manuscritos en busca de la originalidad. Buena prueba de ello es la apertura del concierto de 2001 con la versión original de la archiconocida Marcha Radetzky de Johann Strauss padre, obra con que tradicionalmente se cierra el concierto, y que efectivamente lo cerró en su versión habitual. En general, dos conciertos estos del 2001 y del 2003 marcados por la fulgurante personalidad del director en un festival de intensidad, ritmo y precisión difícilmente repetible.


 

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Andrés Ortega Garrido